Sovietistán y cómo encontrarse con su cultura

Carlos Martínez Assad

La cruenta guerra que desató la invasión de Rusia a Ucrania ha provocado que muchos ojos en todo el mundo vuelvan la vista a una región pocas veces contemplada. Hasta ahora sabemos que innumerables países dependen de la producción de gas de Rusia, de la producción del trigo y cebada del corredor Rusia-Ucrania, de donde sale también más del doble del aceite de girasol y hasta México tiene que recurrir a sus fertilizantes.

Un atrevido viaje de la periodista noruega Erika Fatland por las repúblicas de Asia Central, con el título que encabeza este artículo, nos lleva a entender la diversidad de una enorme porción de lo que fue la Unión Soviética, que en un breve lapso pasó de 22 millones 402 mil 200 a 17 millones 75 mil 200 kilómetros cuadrados, ya como Federación Rusa. Y, pese a esa pérdida, continúa siendo el país más grande del mundo.

Varios de los países que perdió con su desmoronamiento en 1991 forman parte de lo que convencionalmente se ha llamado Europa del Este, que incluye a Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, Estonia, Lituania y Letonia. Pero el recorrido que realizó la autora fue sólo por las cinco repúblicas de Asia Central, que dispone de los más ricos recursos que abastecen al mundo. Su posición geográfica posibilitó lo que se llamó ruta de la seda para relacionar a China con el norte de Europa.

En un supuesto testamento, Pedro el Grande ordenaba a sus sucesores hacer todo para cumplir su anhelo de que Rusia lograra el dominio del mundo, desde Constantinopla hasta la India. Los rusos volvieron sobre la pretensión del emperador cuando propusieron a Napoleón unirse para llegar hasta la India, antes de que Francia rectificara y pusiera rumbo hacia Moscú. El asunto iba contra el imperio británico en una disputa que llevó a rusos y británicos a enfrentarse por esos territorios. Eso explica la presencia de ambos en Afganistán y hasta en Pakistán, si se ve con igual terminación de las repúblicas motivo del recorrido de la periodista: Turkmenistán, Kazajistán, Tayikistán, Kirguistán y Uzbekistán.

La región ocupa 15% de la superficie del planeta y dispone de la quinta parte de los recursos de gas. La han conformado diferentes pueblos, por eso en apenas cinco países se hablan alrededor de 100 lenguas, existen varias religiones -además del cristianismo ortodoxo, como el islam y el zoroastrismo- que proceden de pueblos con expresiones culturales diferenciadas.

A la abundancia de todo a lo que da sentido la gran historia, está la de sus recursos, como lo manifiesta la catástrofe que eso puede significar. En Turkmenistán un cráter que se creyó era una fuente inagotable de gas se abrió de forma natural y al comprobarse que era metano, se optó por retirar a los lugareños. Los geólogos pensaron que las llamas que salían del cráter se apagarían, pero más de 30 años después continuaban ardiendo.

La gran producción de gas lo coloca en el cuarto en el mundo, lo ha llevado también al exceso, y su capital, Asjabad, ha agotado el mármol de Carrara porque toda la ciudad, incluidos los edificios más altos, son de esa piedra que reluce al sol. Ahora presume ser la ciudad con más fachadas con mármol por metro cuadrado en el mundo. Y lo más extravagante es ver todo eso iluminado por la noche, que hace exclamar de admiración a cualquier turista que, por lo demás, no lo excusa para no ser vigilado por los aparatos de seguridad de un Estado autoritario, colocando micrófonos y cámaras en todas las habitaciones de los hoteles. Y algo extraño, sólo pueden entrar al país sin visado los ciudadanos de Venezuela, Mongolia, Turquía y Cuba.

Kazajistán tiene el territorio más grande: casi 3 millones de kilómetros cuadrados, más que cualquier país de toda Europa Occidental. Y ahora los kazajos, como se autodenominan, se quejan de todos los puestos fronterizos que deben pasar, a diferencia del libre tránsito que gozaban cuando eran parte de la Unión Soviética. Es el país más fuerte económicamente de Asia Central, con sus grandes reservas de petróleo y gas. Y sin embargo su desarrollo se relaciona también con la catástrofe: el mar Aral (en realidad un lago interior), con un puerto de pesca floreciente en 1960, ha retrocedido casi hasta desaparecer. Tenía 428 kilómetros de largo y 234 de ancho, formando una superficie de 68 mil kilómetros, y ahora se ha reducido a 10%.

Desde 2015 forma parte de la Unión Euroasiática, en la que están integrados Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Armenia y Kirguistán. Se buscó que Ucrania se integrara, pero desde 2013 manifestó su mayor interés para acercarse a la Unión Europea. La disyuntiva provocó protestas en Kiev que llevaron a la caída de un presidente. Eso sí, la unión era buscada por Vladimir Putin para alcanzar una cooperación económica con Ucrania, desde hace casi 10 años. Aún sin ignorar las condiciones, con cierto orgullo, se presupone que el gran escritor Fiódor Dostoievski vivió en uno de los rincones más apartados del país.

Por otra parte, Tayikistán es el país que comparte la mayor frontera con China y, a pesar de estar entre los más pobres, ostenta con orgullo tener en Dusambé la capital más bella de la región. Tiene las calles amplias mejor trazadas, con espacios para los ciclistas, sólo que no se ven los ciclistas. Su biblioteca de 45 mil metros cuadrados se distribuye en nueve pisos para albergar 10 millones de libros, pero sólo se encuentran en unas cuantas estanterías, muy lejos de la cifra programada, y además es frecuente la falta de luz.

Kirguistán se distingue por tener el único presidente de la era postsoviética que ha dimitido por su voluntad. Su población variopinta está marcada por los desplazamientos que Stalin impulsó: más de 230 mil tártaros, miles de azerbaiyanos, incluso coreanos. Hubo más de 1 millón de alemanes residentes en el conjunto de los países de Asia Central.

En Uzbekistán se conserva la memoria de la cultura persa e islámica en Samarcanda, la maravillosa ciudad contada por diferentes escritores. Allí estuvo Avicena traduciendo a los filósofos griegos al árabe y escribiendo sus propias obras. El lugar está marcado igualmente por la presencia del poeta Omar Jayyám, de quien resuenan aún pasajes de sus Ruba’iyyat. El sitio se encuentra vinculado igualmente a la cultura islámica actual involucrando a algunos de los musulmanes en los movimientos políticos, incluso con algunos relacionados con el terrorismo.

Hay que agradecer a la periodista Erika Fatland que logra darnos este mosaico tan rico y lleno de contrastes para explicarnos mejor las diferencias culturales de ese mundo en el que están puestos los ojos actualmente y donde es imposible verlo todo.

*Publicado en Revista Proceso, núm. 2372, el 17 de abril de 2022

Administrador

Seminario Universitario de Culturas del Medio Oriente Universidad Nacional Autónoma de México

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