Elecciones o un milagro en Líbano

Carlos Martínez Assad

Muchos libaneses esperan, más que elecciones, un milagro. Las ansiadas elecciones legislativas en Líbano pudieron concertarse por las fuerzas políticas para este mes de mayo, luego de numerosos intentos y de manera acorde con los reclamos de la sociedad que se lanzó a la calle desde octubre de 2017 exigiendo medidas reivindicativas al gobierno.

Sumido en una crisis económica y política desde entonces, el escenario se tornó más grave con las explosiones en el puerto de Beirut el 4 de agosto de 2020. La política ha impedido responsabilizar a los culpables de haber depositado toneladas de material explosivo en el corazón de la urbe. Por lo tanto, las investigaciones han sido entorpecidas, aunque se relaciona a Hezbolá.

Vinieron cambios de gobierno, incluso el vacío de poder con ausencia de primer ministro durante varios meses y el reclamo de la sociedad de la necesaria renovación de la clase gubernamental. Las elecciones programadas tal como lo deseaba la mayoría tenían el objetivo más señalado de un relevo político que, además de desplazar la eterna clase dirigente, pudiera llevar a jóvenes cuadros al Parlamento para garantizar el cambio esperado.

Sorprende la complejidad de un país tan pequeño y, sin embargo, referencia obligada en la historia. Y precisamente cuando los libaneses se preparan para votar y hablan de un cambio necesario, el Arab Barometer da a conocer las opiniones que albergan. Según esa encuesta, resulta dramático que 48% de los entrevistados desea emigrar debido a los problemas económicos y 44% responsabiliza a la corrupción. Un alto es necesario para explicar que gran parte de la población considera que el gobierno ha favorecido principalmente a los más ricos y todos han resentido la gran inflación, la salida de capitales, la caída de la moneda y la ausencia de liquidez en los bancos que incluso ha abaratado los ahorros de los ciudadanos. Y se coincide en ver al sistema político como causante de la crisis financiera.

La difícil situación ha provocado, como afirma ese estudio, que 80% de la población haya caído en el umbral de la pobreza desde la crisis de 2019. Sin embargo, entre los resultados más graves está la intención de emigrar de 63% de jóvenes entre 18 y 29 años, lo cual se relaciona con una fuga de cerebros porque 61% de quienes expresan esa intención cuentan con estudios superiores. Todo ello coincide con una devastación demográfica, porque se han producido entre 8 mil y 10 mil salidas mensuales definitivas solamente en el curso de 2020 y 2021 (L’Orient-Le Jour, 4 de abril de 2022). Y entre los datos más graves, la Organización Mundial de la Salud afirma que después de 2009, 40% de los médicos ha abandonado el país y solamente en 2021 salieron mil 500.

La difícil situación lleva a pequeños grupos a tomar una lancha sin precaución alguna para llegar a Chipre, el destino más cercano en el Mediterráneo. Quienes tienen más suerte lo logran. Pero las medidas desesperadas llevan a la muerte, como sucedió recientemente con varios emigrantes en las costas de Trípoli, donde la población enardecida asegura que el hundimiento de la embarcación lo produjo la persecución del ejército.

La devastación demográfica que se está dando en Líbano repercute necesariamente en la política. Líbano es un país multirreligioso que todavía en los inicios del siglo XX contaba con una mayoría de cristianos, siendo los que en mayor proporción abandonan el país. En esa tendencia le siguen los musulmanes sunitas y luego los chiitas. Por lo tanto, no resulta difícil calcular que estos últimos se acercan a constituir el grupo más amplio, de acuerdo con los cálculos de diferentes organismos, debido a que el último censo es del lejano 1930.

Por eso uno de los puntos más importantes de las lecciones en ciernes es la votación de los libaneses exiliados y aun de sus descendientes en alguno de los más de 100 países en que residen. Se espera mucho de esa diáspora porque por primera vez podrá influir en los resultados, aun cuando la cifra es de aproximadamente 225 mil; algo curioso, porque no tienen que ver con los millones de descendientes que viven fuera del territorio ancestral.

En ese cuadro social la ventaja aparentemente sería para las organizaciones y partidos políticos de los que permanecen; es el caso de los chiitas agrupados en Hezbolá, el partido de Dios, que cuenta demás con la fuerza armada más poderosa del país. No obstante las críticas internacionales y las sanciones que encabeza Estados Unidos, es un partido que ha transitado por la vía institucional y varios de sus miembros ya ocupan sillas en el Parlamento. En el complejo esquema electoral del país se deben elegir 128 legisladores o parlamentarios, dividido en dos mitades: una cristiana y una musulmana. Esto es algo que se acordó con los tratados de Taif, por el nombre de la ciudad de Arabia Saudita donde se firmaron en 1989, para poner fin a la guerra que asolaba a Líbano desde 1975.

Se podría entonces preguntar sobre la importancia de unas elecciones que darán la misma proporción a cristianos y musulmanes; sin embargo, las alianzas y acuerdos políticos son los que permiten llevar al presidente a esa posición, con el único requisito de ser cristiano maronita. El presidente Michel Aoun, en funciones, logró mantenerse por el acuerdo alcanzado entre su partido, la Corriente Patriótica Libre, y Hezbolá-Amal.

Uno de los puntos que los nuevos movimientos sociales exigieron fue que la antigua clase política dejara su lugar a los más jóvenes. Sin embargo no resulta fácil cuando uno de quienes se perfilan para ser nombrado presidente por el Parlamento es Gebran Bassil, yerno del presidente Aoun, lo cual trastoca una de las ideas centrales de las protestas que han tenido lugar.

Hay otros muchos candidatos vinculados con los nombres de abolengo político en el país, pero aún quedan muchas incógnitas. Por ejemplo, No se sabe qué sucederá con el voto de los musulmanes sunitas después de que su líder, el dos veces primer ministro Saad Hariri, ha declinado que su partido, Corriente Futuro, participe. En cambio, hay una proliferación de organizaciones, donde incluso ahora las mujeres se han movilizado, pero todo eso puede dispersar el voto, y la oposición que se perfilaba, ser desarticulada.

Es lamentable que no se dé una salida para el hoyo en el que ha caído el país y que el milagro parezca ser la única salida.

*Publicado en Revista Proceso, núm. 2374, el 1 de mayo de 2022

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Seminario Universitario de Culturas del Medio Oriente Universidad Nacional Autónoma de México