Supremacismo y odio

Carlos Martínez Assad

Terminé de escribir este artículo sobre el supremacismo y la violencia cuando un nuevo hecho de tantos ensombreció de nuevo a Estados Unidos, en la misma región y en el estado de Texas, cuando un joven de 18 años irrumpió en una escuela del pequeño poblado de Uvalde, asesinando a 21 personas, 19 niños y dos de sus profesores, quienes concluían los cursos para iniciar las vacaciones de verano.

            Transcurría apenas una semana de lamentar la matanza anterior cometida por otro adolescente expuesto seguramente a las mismas ideas y valores. Aunque en el último caso los móviles no se han determinado, parecen alejados del supremacismo, pero no necesariamente del odio que siembra la sociedad actual, incluida la oferta de armas sin distinción de edades y pese a las iniciativas de sancionar a los padres, en lo que ha insistido el presidente Joe Biden.

            Lo más preocupante es la incidencia que se mantiene, de acuerdo con las estadísticas dadas a conocer sobre hechos semejantes en los años recientes, en los que de supremacismo han resultado con mayor frecuencia. Pero ahora resulta dudoso cuántas muertes más habrá que sumar antes de que las autoridades de Estados Unidos impongan las medidas que contrarresten esta ola que envenena y condena a tanta gente.

            Nadie puede olvidar la lucha antirracista en estados Unidos en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado, cuando la población negra se opuso a ser segregada en el autobús o a ser obligada a ceder el asiento a los blancos, como era acostumbrado. Miles de páginas se han escrito de ese despertar que pondría fin a muchos años de esclavitud, del rechazo y de la exclusión que llevó hasta una guerra civil y, sin embrago, permanecen expresiones contrarias a la diversidad que ahora más que nunca permea a todas las sociedades. No deja de ser sintomático que sigamos llamando oscuridad a lo que no entendemos, y que el lado oscuro siga siendo lo que está oculto, de acuerdo con los valores predominantes.

            Las alertas son constantes desde tiempo atrás y siempre un hecho que parece insólito vuelve a recordarlo y a señalar un problema que está allí. La matanza racista de Búfalo en Estados Unidos dejó recientemente el resultado de 10 personas muertas y tres heridas. En este caso fue un joven de 18 años que planeó durante varios meses el ataque preparando el armamento y seleccionando uno de los distritos con la mayor concentración de población afroamericana. Todo indica que el joven creció escuchando la teoría del gran reemplazo, una de las más claras y abiertamente racistas, según la cual la población blanca será desplazada por las que, de acuerdo con sus culturas, tienen la piel de otro color.

            La idea se sustenta y es aceptada por uno de cada tres adultos estadunidenses que han fechado el reemplazo porque en 2045 la población blanca será superada. La creencia en la superioridad del hombre blanco tiene raíces profundas, pero ahora es reforzada por la llegada de millones de inmigrantes que constantemente se desplazan de un país a otro. Por eso las manifestaciones racistas aparecen por todas partes y llegan hasta el discurso del odio.

            En Estados Unidos el asunto es preocupante, y en particular en el gobierno de Donald Trump apareció como una constante y lamentablemente el discurso presidencial lo reforzó. Quizás eso puede ayudar a explicar que sólo en 2021 hubo en ese país 693 matanzas de ese corte, aunque el objetivo pudiera tener algunas variantes. En Charlottesville se han contado 900 grupos de odio de los registrados en Estados Unidos.

            Lo cierto es que a menudo la población está expuesta a los asaltos en las escuelas, en los supermercados, en los cines, en la calle; y hechos de tal brutalidad se exacerban cuando los medios, en particular la televisión, insisten en mostrar una y otra vez las truculentas escenas sin recato alguno. Las masacres o cualquier otra forma de violencia son mostradas para resignificar el espacio televisivo convertido en una caja donde privan la sordidez y la escatología.

            El fenómeno del supremacismo blanco se relaciona con esa exposición de la nota policiaca o de lo que se llamó la nota roja porque iba fuera de los contenidos noticiosos. Ahora se confunden ante la profusión de la información criminal. Ya no importa la noticia internacional o nacional, sino lo superficial, lo que la gente ve y vuelve a ver por las programaciones que alardean haber captado el momento en vivo. La mente enferma de quienes insisten en agraviar y ofender al otro lo hacen también por el minuto de fama que los medios le garantizan.

            Por supuesto, la explicación debe ser más profunda y entender el surgimiento de una superioridad enarbolada desde que el mundo es mundo. Por eso son interesantes sus numerosas expresiones. La historia con la centralidad de Europa se reforzó con el cristianismo y se extendió junto con el derecho romano y con la idea griega de democracia como los valores que deben dominar, y en su nombre se han cometido actos desproporcionados.

            Luego de que Trump prohibió el ingreso de inmigrantes de siete países: Irán, Irak, Siria, Libia, Yemen, Somalia y Sudán, una encuesta de 2017 del Pew Research Center indicó que para ser “verdaderos estadunidenses”, 32% de los entrevistados estaba convencido de que debían ser cristianos. El mismo estudio reveló que 57% de los protestantes blancos de orientación evangélica consideró “muy importante ser cristiano” para ser estadunidense. Y la mayoría respondió que para ser estadunidense hay que hablar inglés.

            Otros estudios demuestran que la mayoría de los profesores habla de sentimientos de ansia y miedo entre los estudiantes, en particular de los que son inmigrantes musulmanes y afroamericanos. También se refirió al lenguaje agresivo y denigratorio y al uso de símbolos extremistas. En este punto hay coincidencias con otros países, y por ejemplo en Alemania, pese a las políticas permisivas de Ángela Merkel, se afirma que la violencia xenófoba ha crecido más de 42%. Allí viejas palabras nazis y expresiones habituales del nacionalsocialismo -hasta ahora consideradas tabú- han reaparecido.

            No obstante, la agresión y la defensa por su espacio individual se mantendrá aún entre personas que comparten la misma identidad y el mismo pasado común, en los mismos sitios. Y, por lo demás, lo que parecía una tendencia exclusiva de Estados Unidos asola al conjunto del planeta; lamentablemente los integrantes de las minorías étnicas que, debido a las expulsiones y desplazamientos, luchan por su supervivencia en países diferentes a los de su nacimiento, seguirán enfrentando la defensa territorial de quienes siempre los considerarán como los otros. Lo más tremendo es que las mismas tendencias se estén reproduciendo entre los más jóvenes.

*Publicado en Revista Proceso, núm. 2378, el 29 de mayo de 2022

Administrador

Seminario Universitario de Culturas del Medio Oriente Universidad Nacional Autónoma de México

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