Del retorno de los refugiados sirios*

Carlos Martínez Assad

Desde que en 2011 estalló la guerra en Siria unos 12 millones de personas han abandonado el país y quienes se quedaron se enfrentan a situaciones tan deplorables y dolorosas que se ven obligados a desplazarse de sus barrios y localidades, tal como lo narra el escritos Jan Dost en su novela Un autobús verde a Alepo (2020):

            “La gente se arrastraba desde los barrios destruidos y desolados en grupos o de forma individual, buscando un transporte que los llevara a cualquier sitio. Lo importante para ellos era salir de sus barrios, que en los últimos días se habían transformado en un infierno, en busca de un lugar menos infernal, un lugar donde la muerte fuera menos costosa.”

            Así, entre los escombros de edificios destruidos por las bombas y la artillería, de aviones sembrando la destrucción y con la muerte a cuestas de miembros de sus familiares, de amigos, muchos sirios abandonaron esa tierra convertida ya no en campo de batalla, sino en un cementerio.

Y a ese lugar deben volver montones de refugiados dispersos principalmente en Turquía, Jordania y Líbano. Este último -que alberga a millón y medio de refugiados de Siria- anunció en agosto pasado un plan para repatriar a ese país a 15 mil personas al mes. Para ello hizo un llamado al Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), pero éste respondió que no reúne las condiciones necesarias para llevar a cabo dicho plan. Se da por entendido que Líbano no puede realizarlo de forma unilateral. El país expresa su resentimiento sobre la falta de cooperación internacional. Hace un par de años 57 países se comprometieron a apoyarlo y lo comunicaron por intermediación de la ONU, pero hasta ahora no hay alguna acción en concreto.

Líbano es una nación de acogida con graves problemas propios -entre ellos, los obstáculos para formar un gobierno- como para cargar además con los costos que le generan los campamentos, aun cuando estos se encuentran en malas condiciones.

            El problema económico de Líbano, de imposible resolución, se manifestó en días pasados cuando el país se quedó sin el servicio público de electricidad, y apenas algunos hogares la suplen de forma privada con generadores surtidos con combustóleo a un precio desorbitante debido a la escasez.

            Por su parte, Siria, que apenas se recupera, ha manifestado su acuerdo para recibir a los refugiados que quieran regresar, ofreciéndoles los recursos necesarios de salud y educación, lo cual se pone en duda por situaciones difíciles como la de los combatientes contra el gobierno, que ha proclamado una amnistía que los exime sólo si no están acusados por algún crimen.

            Tampoco saben qué hacer con los provenientes de regiones que están o estuvieron bajo el control de Hezbolá, como Qalamour, Zabadani y Qousseir, en el oeste de Siria; y algo semejante ocurre con quienes estuvieron bajo la égida del Estado Islámico y que ahora se encuentran en campamentos que, en realidad, son virtuales cárceles controladas por el gobierno donde habitan particularmente las que fueron mujeres de los combatientes y sus hijos.

            Las tragedias no han abandonado a los refugiados. Hace poco uno de sus campos en Líbano sufrió un incendio que destruyó 14 viviendas. Testigos mencionaron una explosión y una fumarola antes de que se extendieran las llamaradas; pero en un país sin gobierno, quién puede investigar las causas. Además, los refugiados enfrentan el endurecimiento de medidas restrictivas e incluso arrestos y deportaciones por no contar con papeles legales. Por ese motivo son sometidos a aceptar reglas para desplazarse en los propios campamentos y con muchas trabas pueden salir a una visita médica o para ser internados en un hospital.

            Muchos han sido sorprendidos tratando de dejar el país para internarse en la vecina Turquía que también está al límite con sus millones de refugiados. Aún se invoca una ley libanesa del 10 de julio de 1962 de la Seguridad Nacional, que permite expulsar extranjeros “en circunstancias excepcionales cuando constituyan una amenaza para la paz y la seguridad públicas”. Y se complementa sin ninguna concesión: “Toda persona perseguida que entre ilegalmente a Líbano pidiendo asilo, puede permanecer en su territorio, pero si es más tiempo del marcado por su visa, será igualmente considerado un inmigrante ilegal, haciendo posible su arresto y posible expulsión”.

            Los defensores de derechos humanos señalan que, de acuerdo con la ley de extradición, la expulsión no debe realizarse cuando el refugiado cuenta con motivos serios que lo pongan en riesgo de ser torturado o perseguido o en peligro de muerte.

            También se debate si Siria es un lugar seguro y la organización Human Rights Watch (HRW) sostiene que muchos sirios están siendo sometidos a abusos del gobierno y de las milicias, arriesgándose a ser arrestados y hasta ser objeto de desaparición forzada. Y, no obstante, el gobierno afirma que han regresado voluntariamente 87 mil personas, aunque los organismos defensores de los derechos apenas suman 70 mil. También alegan que apenas 34 han sido arrestados por el régimen por motivos ligados con procesos civiles o por razones políticas, aunque es difícil saber el número exacto por el ocultamiento de las cifras oficiales.

            Aunque Bachar el-Assad ofreció amnistía para la oposición política, está por verse cuáles pueden ser los alcances de un régimen que llevó al país a la deplorable situación en la que se encuentra y originó la salida masiva de esos conciudadanos lastimados que, pese a todo, quieren regresar.

            Quizás algunos de los refugiados fueron esos niños que, como dice Dost: “Sabían que las guerras no distinguen entre quien duerme en su casa, en una cama, y un combatiente que lleva un arma tras las barricadas o en las trincheras (…) habían visto o escuchado hablar de edificios que en segundos se habían transformado en escombros y fosas comunes de niños, cuyos familiares les habían pedido que se refugiaran dentro: ¿por qué no morir mientras jugaban? ¿por qué no morir al aire libre en las calles y patios en vez de entre bloques de cemento que pulverizarán sus tiernos huesos como si fueran galletas?”.

            Eso les dio el país al que quieren regresar.

*Publicado en Revista Proceso, núm. 2392, el 4 de septiembre de 2022

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Seminario Universitario de Culturas del Medio Oriente Universidad Nacional Autónoma de México